Pamplona 19/11/1934 – Valencia 10/02/2021
Cargos
A Eduardo, con gracia y cariño, un compañero con el que siempre se ha llevado muy bien le recordaba con frecuencia que desde que entró en la Compañía nunca tuvo el nombre propio a la puerta de la habitación. Desde que entraste al noviciado, - le decía - te pusieron a la puerta: H. Bedel y desde entonces siempre, Director, Rector, Provincial, Administrador… el nombre propio no te lo han puesto hasta ahora, que estás jubilado, aunque sigues mandando. Y el padre Serón, que ya había oído muchas veces la monserga, con mucha benevolencia e ironía apuntaba: “Hombre, esto que me dices es nuevo”. La anécdota recoge sin duda una de las cualidades más evidentes y conocidas de nuestro querido padre Serón. Su capacidad de liderazgo y de gobierno. Efectivamente, basta ver su currículo para darse cuenta de los servicios eminentes y constantes que, con cargos de responsabilidad muy importantes, ha prestado a la Compañía y a sus obras, especialmente a la antigua provincia de Aragón. Lo ha sido casi todo, y lo fue en tiempos muy convulsos y difíciles, tanto socialmente, como eclesialmente, como en el interior de la Compañía. Rector del colegio en el momento en el que, en Valencia, el padre Arrupe entona el mea culpa porque cree que la Compañía no ha dado a su alumnado la formación social que se debía, con el consiguiente revuelo entre las familias bien de nuestro alumnado. Y Serón aplacando malestares. Provincial en el momento crucial en que la Compañía, con el P. Arrupe enfermo, queda intervenida, con el P. Dezza al frente. Rector/Director del colegio S. José y de las Escuelas en un momento en que se avanza a la fusión de dos instituciones de trayectorias bien diferentes. Una social y hasta benéfica, la otra de distinción educativa entre las clases de la alta sociedad valenciana. Se hace con tensiones desgarradoras entre las familias, deserciones, y entre los mismos jesuitas, conflictos y protestas que llegan hasta el mismo padre General. Ahí, en ese turbión, se bandeará el padre Serón. Con cargos de gobierno en momentos políticos muy tensos, en los que saber estar, su voluntad conciliadora, era siempre una garantía para encontrar el camino que convenía. Y ello, no solo para las instituciones de la Compañía que dirigió: Colegio Nazaret de Alicante, Colegio de Zaragoza, Colegio de San José y Escuelas de Valencia, Provincia… sino también su colaboración y consejo en otras instituciones. El director de la Casa Grande, institución señera de caridad de la ciudad de Valencia, nos enviaba el pésame con estas palabras: “Nos dirigimos a Vd. para transmitirle nuestro más profundo sentimiento de condolencia: el de la Junta Directiva de esta Asociación, la Dirección y demás colaboradores”. El padre Serón, perteneció a la Junta Directiva de esta Asociación a finales de los 90, período del que destacamos su valiosa colaboración participando activamente en sus decisiones, avaladas no solamente por su superior criterio sino también por su dilatada experiencia en la dirección de centros educativos e instituciones. A ello cabe añadir, su implicación en esta obra, procurándole importante apoyo en circunstancias difíciles, con el que hacer posible la continuidad de la acción social que en favor de las personas necesitadas lleva a cabo desde el año 1987. Por último, queremos resaltar especialmente el talante de sencillez y cercanía que presidió su relación con todos los que lo tratamos durante dicho período, y que tan buen recuerdo ha dejado en todos nosotros.
Cercanía y humanidad
El padre Serón no era un mero gestor al uso. Siendo un hombre de tantas responsabilidades, sabía ver el lado humano, aún en momentos muy delicados. En tantos años de servicio, le tocó lidiar asuntos muy desagradables, como aquel descubierto en las cotizaciones a la Seguridad Social de varios millones de pesetas que, un empleado de la administración, con mala cabeza, perpetró. Serón tomó las medidas pertinentes, pero aún encontró la rendija adecuada para salvar a la persona y dar nuevas oportunidades de rehacerse. Y no sobrevolaba la realidad. Se preocupaba de la relación personal, del caso concreto de cada cual. Con las familias, con las personas, con los alumnos, era cercano. Valgan como muestra estos dos testimonios:
- “Aprovecho para mandaros un sentido abrazo para estos momentos de y en comunidad. Eduardo especialmente ayudó mucho a mi familia, a mi madre cuando llegamos de Castellón, cuando murió mi padre. Y acompañó y guio el proceso de criarme y educarme y seguramente tengo que agradecerle parte de lo que soy y de lo que mi madre es. Necesitaba compartir esta vivencia”.
- “Eduardo era Rector del Colegio San José cuando yo entré con siete u ocho años, hacia 1971, más o menos. A todos los compañeros nos imponía por su altura, y sobre todo porque era el Rector. Un día, en tercero de primaria, me había portado mal y el profesor me envió a su despacho. No era el primero de la clase que emprendía ese viaje (nadie comentaba después en qué había consistido la visita) y avanzaba con terror por los pasillos hacia el temido destino, pensando si había alguna manera de salir airoso de la situación. No sé si era cosa exclusiva de aquel maestro o práctica habitual lo de enviar a los alumnos castigados al despacho del Rector, pero el caso es que no pareció muy sorprendido
de ver aparecer a un crío por su puerta. Recuerdo que Eduardo me miró con una media sonrisa y me preguntó más o menos: -¿Qué desea usted? -Yo nada, es que el profesor me envía a su despacho, pero no sé para qué. -Pues, hala, vuelva a clase y pórtese bien. Lo de pórtese bien me dio a entender que no le había engañado, pero al mismo tiempo me pareció un indulto más que un castigo. Con ojos de adulto veo cómo Eduardo sabía ejercer la autoridad con comprensión y sin prepotencia”.
Este es el Eduardo de los grandes servicios y de su talante de gobierno. Zaragoza, Alicante, Valencia… se aprovecharon de su gran actividad y valer. Y, a pesar de ser un hombre de instituciones, también le iba el trato con la gente; vivió con gusto en comunidades pequeñas, participó, sobre todo en Valencia, en la vida de barrio y colaborando en la pastoral de parroquia de Canterería. Su talente abierto y afable creaba buen ambiente y esparcía empatía y bondad. Fue entregando su vida aquí y allá, como buen jesuita, donde se le necesitó. Gastando y desgastando su vida, hecho amor y servicio desde la responsabilidad y la discreción. El tiempo fue pasando, y un ictus hace unos años le limitó su actividad. Él, lúcidamente, fue encontrando su sitio para seguir sirviendo desde puestos más de retaguardia. Tres ocupaciones últimamente le llenaban la vida: la coordinación de los Ejercicios Espirituales en la vida ordinaria de un grupo significativo de personas, la dirección espiritual y la historia de la Compañía en Valencia.
Ejercicios en la vida ordinaria
Buen conocedor de la espiritualidad ignaciana, buen psicólogo, también entrevistaba, valoraba, asignaba acompañantes… animaba a hacer los EE. Valgan estos dos testimonios de su precioso trabajo de estos últimos años.
- “Hablé con Eduardo. Deseaba volver a hacer ejercicios en la vida diaria; él era el responsable de los Ejercicios en Valencia. Seguí el procedimiento acostumbrado y le pedí entrevista; casi me interrumpió para decirme, con firme dulzura, que a mí no me hacía falta hacer ejercicios y que no me admitía. Me quedé perplejo, pensando: un jesuita que no quiere que alguien haga los ejercicios. No necesité mucho tiempo para darme cuenta de que, en efecto, yo no necesitaba repetir los ejercicios, sino continuar buscando la contemplación en la acción. Esto me demostró su profunda capacidad de penetración espiritual de las personas y su excelente conocimiento de para qué sirven los EE”.
- “Una visita a Eduardo derivó en su propuesta de realizar unos ejercicios espirituales en el Centro Arrupe. Unos ejercicios en la vida diaria que él coordinaba y que realicé con mucho interés durante el curso 2018-2019. Hay personas que aparecen en nuestras vidas cuando somos aún muy jóvenes y percibimos que su presencia nos hace crecer. Otras llegan a nosotros en una etapa más madura, cuando ya hemos hecho un cierto recorrido, y sentimos que sus gestos y sus palabras nos ayudan a centrarnos, a orientar mejor nuestro caminar. ¿Cómo agradecer a unos y otros lo que nos han aportado, el impulso que han dado a nuestras vidas? El padre jesuita Eduardo Serón, ha sido un hombre sencillo y amable que ha prestado un gran apoyo espiritual a muchísima gente. También lo hizo para mí, y desearía expresarle por ello mi gratitud. Acaba de marcharse a la casa del Padre, pero seguirá vivo sin duda en el corazón de todos los que nos relacionamos con él”.
Director espiritual
Ese talente acogedor, de saber escuchar y de criterio sensato ha hecho que el padre Serón fuera visitado por muchos, reclamando sus palabras amables e iluminadoras. Hombre de consejo. Sacerdotes, religiosas, laicos a los que había dado ejercicios, le buscaban y él accedía, aún en este tiempo de pandemia en el que había que tomar medidas de prevención. Él no quiso aislarse por el miedo, nos pidió que habilitáramos el sitio ventilado, confortable, fácilmente accesible desde la calle para poder seguir prestando este servicio que ha realizado muy hasta el último día. Su celo pastoral no se limitaba a la relación personal. También reunía sus pequeños grupos de laicos, amigas, amigos y conocidos, para compartir espiritualmente o para celebrar la eucaristía. Les hacía mucho bien, y aún en estos tiempos de pandemia, con mucha prudencia y prevención, disfrutaba de estas reuniones, le daban vida y entregaba vida y espiritualidad. Y la historia de la Compañía en Valencia Su prodigiosa memoria y las responsabilidades que tuvo encomendadas le convertían en un auténtico testigo de la Provincia de Aragón en los últimos cincuenta años. Por otra parte, apasionado de la educación y de la Compañía, estaba ilusionado con celebrar muy dignamente con exposiciones y libros los 150 años de la presencia educativa de la Compañía en Valencia desde la restauración. Ya había él recopilado lo más significativo de la historia de las Escuelas, con motivo de su 50 aniversario, pero ahora era algo más ambicioso lo que había que exponer y celebrar. Por eso, con facilidad estaba trabajando en ello con un equipo de laicos muy diverso, en los que depositaba su confianza y animaba a la tarea. Siempre expresaba su opinión, pero era capaz de modificarla a través del diálogo y la flexibilidad que siempre procuraba tener. Él mismo era, no solo un testigo en sentido histórico de los tiempos a retratar, sino también una expresión viva del dinamismo y las motivaciones espirituales que han generado la historia jesuítica de Valencia.
En comunidad
Le decía el compañero a Eduardo que aún jubilado seguía mandando. Efectivamente, seguía mandando. Pero ya hacía dos años que, desde que dejó la responsabilidad de la enfermería, una gran liberación para él ya no tenía ningún cargo. Mandaba porque su palabra siempre moderada, lúcida, constructiva y amable era una referencia obligada para todos los miembros de la comunidad. Animaba y organizaba alguna excursión comunitaria, porque le gustaba meter ruptura en la vida monótona que él mismo se imponía. Vida reglada y serena que comenzaba con la eucaristía mañanera de las 7’30h. Si la presidía él, no faltaban unas breves y documentadas palabras sobre la celebración del día, y unas peticiones bien formuladas, que expresaban sus preocupaciones espirituales desde un corazón ancho y mirada larga y generosa: por la renovación eclesial, por el entendimiento entre los políticos, por el sufrimiento de tantos en este tiempo de pandemia… Su ocupación diaria seguía con una lectura reposada de los periódicos y continuaba la mañana con sus papeles e investigaciones y sus entrevistas. Participará con gusto de la quiete del café, bromeando y compartiendo anécdotas simpáticas y bien contadas de lo mucho que vivió. No dejará de comentar los resultados de los equipos de fútbol aragoneses con lo que se siente afectivamente vinculado, especialmente del Huesca. Y no se perderá la partidita de cartas de después de cenar, que no consentirá que se le llame timba, no. Es, decía, la academia, porque entre las cartas se aprende mucho. Su presencia, siempre amable y discreta, era un regalo para la vida de comunidad. - ¿Cómo estás, Eduardo? Razonablemente bien.
Supo situarse muy bien en su momento vital. Hablando en una reunión de comunidad de planes de provincia sentenció: no nos pidáis reaccionar vivamente a estos proyectos porque ya no es nuestro tiempo, ya no los entendemos, lo que nos corresponde es respetarlos y apoyarlos con la oración. Este era Eduardo. Se había sometido hace poco más de un año a una operación de corazón, de cierto riesgo, porque las válvulas ya no daban más de sí. Se recuperó bien. Para su vida tranquila, su salud era frágil pero suficiente. Pero llego el coronavirus. Nos confinamos. Los primeros días apenas tuvo síntomas, estaba bien. Pero a la semana, la saturación decía que algo iba mal. Se le lleva al hospital por urgencias, aunque entra consciente y por su propio pie. Pero la neumonía estaba ahí. Le tratan en planta, deciden no pasarlo a la UCI porque no tiene recursos para resistir el envite. El médico que lo atendió es un querido antiguo alumno suyo. Hace lo imposible por sacarle adelante. Pero no pudo ser. Se nos fue, de repente, sin despedida, sin compañía, sin velatorio. Su comunidad seguía confinada. Se le inhumó en el panteón de la Compañía, tras un responso, acompañado por los jesuitas de la otra comunidad y algunas empleadas de la enfermería. Queda pendiente la eucaristía de acción de gracias y el homenaje que se merece este hombre grande. Descanse en paz este jesuita señero. Dios le habrá pagado ya tantos desvelos y servicios que prestó a la construcción de su Reino.
San Juan Pablo II canonizó a Santa Faustina Kowalska en el año 2000 e instituyó el segundo domingo de Pascua como Domingo de la Divina Misericordia. Hoy todos reconocemos la importancia de la solidaridad, lo profundamente humano de la compasión, pero quizá sean conceptos envueltos todavía en un cierto halo de confusión. En este tiempo que vivimos de pandemia una de las experiencias más positivas que podemos discernir es que nos ha hecho, desde luego, más humanos. La conciencia de precariedad existencial que conlleva la enfermedad y la muerte nos personaliza, aumenta la sensibilidad de nuestra mirada hacia el prójimo y Dios mismo, nos ha empujado, efectivamente, a tomar conciencia sobre realidades importantes que la vorágine de nuestra vida social había anestesiado. Karl Jaspers se refería a las “situaciones límite” como aquellos acontecimientos vitales que ponen al hombre frente a su finitud, en las fronteras existenciales de su ser; nos hacen tomar nuestra realidad a peso porque iluminan la fragilidad humana; ayudan a levantar la mirada en busca de un sentido que trascienda su materialidad… son eventos como la muerte, la enfermedad, el dolor, el azar, la experiencia de la culpa, la frustración… Nos catapultan a hacernos las preguntas verdaderamente importantes -las llamadas “preguntas últimas”- como quiénes somos o qué sentido tiene vivir, sufrir, o morir. Aquellas cuya respuesta nos satisfaría hasta el punto de no suscitar otro interrogante.
Compasión, empatía y misericordia
La compasión como término, ligada etimológicamente al latín cumpassio, remite de un modo lejano al griego sympátheia (literalmente “sufrir juntos”), algo más profundo que la simple empatía -ponerse en el lugar del otro-, pero sigue quedando caracterizada, sobre todo, a nivel emocional, ligada a la esfera de los sentimientos. Aristóteles ya afirmaba en su Retórica que “cuanto se teme para uno es lo que se compadece cuando sucede a otros”, y que nos sensibilizamos con alguien cuando le vemos sufrir sin merecerlo. La misericordia, sin embargo, va mucho más allá, porque apunta también a la “acción” cuyo impulso esa esfera subjetiva habría activado previamente, a secundar el deseo de ayudar al prójimo de un modo proactivo. No le faltaba razón a Aristóteles cuando relacionaba la compasión con algún tipo de sentido subterráneo, porque la persona es un ser que necesita darle un sentido existencial a cualquier experiencia biográfica, como diría el psiquiatra Víctor Frankl; ese sentido, no obstante, queda frustrado si no alimenta una acción posterior a favor del prójimo.
El otro como sentido vital
José Miguel Martínez Castelló, doctor en Filosofía y autor de la obra Esperanza entre rejas: retos del voluntariado penitenciario (PPC, 2020, en prensa) desgrana esta realidad espiritual apuntando a los signos de nuestro tiempo que deberían llamarnos hoy la atención. En su artículo “¿Qué cuaresma en tiempos de pandemia?” - Paraula, 12-3-2021- expone la situación que vivimos como si algún reloj se hubiera parado, retratando nuestra pobre realidad de seres mendicantes y necesitados… La limosna, la oración y el ayuno “nos devuelven a las tres únicas realidades que no pasan”, y que verdaderamente tienen “peso”, diríamos nosotros: “Dios, los hermanos, mi vida [...] estas son las tres realidades que no acaban en la nada” y cuyo olvido nos ha hecho vulnerables. En esta “sociedad líquida” que describió Z.
Bauman, prosigue el autor, “en la que todos los principios y valores se evaporan [...] se escucha cada vez -sin generalizar- una expresión que suena ya como un mantra: “La vida no tiene ningún sentido”. Nos descubrimos en una soledad profunda olvidando que “la vida solo es digna de ser vivida desde la aparición o la epifanía del rostro de la otra persona (Levinas). Únicamente el amor, según Martínez Castelló, aporta el verdadero y más valioso sentido vital a nuestra existencia, y no otra cosa como la búsqueda del placer -¿un narcótico?¿interesante como clave para comprender la necesidad imperiosa de fiestas ilegales?- o la simple huida del dolor al modo epicúreo.
La misericordia en el abanico religioso
La etimología latina de “misericordia” orienta al significado de quien pone su corazón -cordis- en la miseria del otro -misere- más allá de la tristeza emocional, de su dimensión sentimental. Lleva a la acción, como en la parábola del buen samaritano. Su raíz hebrea es mucho más rica semánticamente. Siguiendo el Vocabulario de Teología bíblica León Dufour, misericordia -rahamim- expresa un apego instintivo entre dos seres, ya sea materno (rehem) o filial, entre hermanos. Refiere a un amor visceral, desde el “corazón”, como la forma de expresar su origen a partir de la parte más íntima del ser, y que “inmediatamente se traduce por actos”. La segunda acepción hebrea, hesed, apunta a la relación amorosa, o de piedad, que une a dos seres e implica de suyo la fidelidad. Es una bondad intencional, voluntaria y consciente de sí. La experiencia de Israel en su liberación es fruto de la misericordia divina: “He visto la miseria de mi pueblo. He prestado oído a su clamor… conozco sus angustias. Estoy resuelto a liberarlo” (Ex 3,7s. 16s). La perfección que Jesús de Nazaret le pide a sus discípulos para ser santos -kadosh- consiste en ser misericordiosos “como vuestro padre es misericordioso” (Lc 6,36). En la tradición islámica, uno de los nombres de Dios -Allah- es “el Más Misericordioso”; “Mi misericordia lo abarca todo” se afirma en el Corán 7:156. En la India, tras el budismo, también ha tenido su espacio.
Ashoka (268-239 a. C.) fue el tercer emperador de la dinastía de los maurya, que dominó la India, Pakistán y parte de Afganistán entre los siglos IV y II antes de nuestra era. Apodado “el Cruel” por su fiereza como guerrero, experimentó una transformación interior profunda durante el sitio de Kalinga, tras comprender lúcidamente la cantidad enorme de sufrimiento y dolor que había causado en su vida. Su conversión irrefutable al budismo y el reinado que instauró con posterioridad en toda la India hicieron que acabase sus días apreciado por todos sus súbditos como “Ashoka el piadoso”. Hizo del pacifismo y el dharma (una nueva moral basada en la tolerancia, la paz y la no-violencia) los ejes conductores de su hegemonía política, cuyos principios se preocupó de inscribir en piedra a lo largo de las encrucijadas y caminos de todo su territorio -los primeros y más antiguos testimonios escritos indios, en griego y arameo-. Entre los famosos Edictos de Ashoka encontramos un canto a la tolerancia religiosa -Edicto decimosegundo-. En el Edicto noveno proclama: “Para los esclavos y siervos, amabilidad; para los hombres venerables, reverencia; para los vivientes, respeto; para los ascetas y brahmanes, liberalidad. Esto y todo comportamiento semejante es llamado ceremonia de la Ley Sagrada. Así se debe decir por un padre, por un hijo, por una esposa, por un amo”. En la India se le recuerda como el rey más importante de su historia. Podemos encontrar semillas de la verdad en cualquier lugar donde el hombre haya vivido como un hombre.